viernes, 5 de mayo de 2017

Entre miradas y pasos

Hay personas a las que les importa mucho el que dirán o el como se ven a los ojos de los demás mientras que otras saben disimularlo muy bien, por desgracia no soy de las que saben fingir…

En momentos miro mis pies y sigo contando las hojas que piso, las personas con las que me encuentro y las miradas que cruzo sin ninguna expresión en el rostro, algo así como curiosidad y timidez disfrazada de indiferencia, algo que me sale bien porque lo he practicado toda mi vida desde que descubrí lo incomoda que me sentía cuando “socializaba” con personas y me sometía al escrutinio  del otro mientras yo hacía lo mismo. Los gestos, las expresiones corporales y algunas palabras atrapadas en las oraciones comunes son un gran punto de partida para la primera impresión y a mí no me gustaba ser descubierta o engañar con la apariencia.

Así que seguía caminando e inventando la vida de los que me encontraba de frente; un hombre que venía escapando de su trabajo para encontrarse con una mujer cuyo título de esposa nunca tendría pero que conocía el arte de la infidelidad, o tal vez unos ojos cansados pero dotados de la clarividencia de una mujer que vio morir a sus 3 hijos en sueños antes del inminente aborto, la desastrosa  accidente y aquel asalto con arma de fuego que se llevó un auto y un espíritu de acompañante. Y como no mencionar al chico de 21 años que venía de firmar un contrato con una compañía discográfica para debutar con su banda de indie rock formada apenas tres años atrás a escondidas de sus padres, los cuales a regañadientes le habían regalado la guitarra que llevaba colgada a la espalda pero que esperaban que su único hijo se convirtiera en abogado y dejara las tonterías de música para el entretenimiento de las fiestas familiares.


Mezclando los pasados y futuros ajenos me olvidaba felizmente de mí y de mi nombre  hasta que un charco cuyo reflejo no pude esquivar me devolvió entre las ramas de un árbol un cielo gris amenazando con descargar su furia sobre los seres distraídos que con o sin dirección  solían mirar sus pasos mientras acomodaban la siguiente pieza de su rompecabezas personal, mientras hacían crujir las hojas que habían sido disecadas por el viento.

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