sábado, 29 de abril de 2017

                                                              Un escalón para cavilar

Sentada en el séptimo escalón de aquella casa tan grande como vacía, totalmente sola como siempre había estado, esperando aquel sentimiento que conocía bien y cuya aura me había sido anunciada durante toda la mañana mientras recordaba su rostro y su misteriosa sonrisa que pocas veces mostraba. Era un chico extraño y aún más reservado que todos los que había conocido. Lo odiaba. ¿Por qué? Por el simple hecho de haber avivado en mi esa curiosidad que me había llevado a tantas estupideces en épocas pasadas y que solía ocultar bajo una indiferencia respecto a su vida y mi presencia en ese lugar y momento, el cual compartíamos voluntariamente obligados por razones diferentes y argumentando ser malos estudiantes.

Ahora empezaría a recordar todo lo que había dicho y hecho durante su presencia, sus reacciones y gestos, poniendo especial atención en todo lo que aportaba datos a su personalidad tan esquiva para mí. ¿Por qué me parecía interesante? Aun no lo entiendo, ni siquiera puedo recordar todos los detalles de su rostro lo cual es una ventaja porque así no me detendré a pensar en los detalles de sus ojos, la curvatura de sus cejas o la forma de su nariz y por tanto caer en mis propios estereotipos y en cuanto me pueden llegar a gustar sus defectos.

Sin embargo es en sus malditas palabras donde quedo atrapada, donde siento un extraño placer al identificarme con sus miserias bajo el nombre de alguien más, donde las palabras que suelen transformarse para tomar cualquier forma; un rostro, un paisaje, una muerte, un sueño, una traición, un miedo, entre muchas otras cosas, tornan la silueta de un joven vacilante al hablar pero con fluidez para escribir y peor aún de una loca que lee, recuerda y no logra armonizar ni siquiera su propia cabeza con la sensación que la embarga porque es incapaz de llamarla interés.


De la misma manera que los pájaros silvestres revolotean sobre las sobras de alpiste que deje caer esta misma mañana antes de irme, así los pensamientos guiados por la curiosidad en torno a ese joven rondan a mi alrededor entre el sexto y octavo escalón de aquella casa con un solo habitante.

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