Un escalón para cavilar
Sentada en el séptimo escalón de
aquella casa tan grande como vacía, totalmente sola como siempre había estado,
esperando aquel sentimiento que conocía bien y cuya aura me había sido
anunciada durante toda la mañana mientras recordaba su rostro y su misteriosa
sonrisa que pocas veces mostraba. Era un chico extraño y aún más reservado que
todos los que había conocido. Lo odiaba. ¿Por qué? Por el simple hecho de haber
avivado en mi esa curiosidad que me había llevado a tantas estupideces en épocas
pasadas y que solía ocultar bajo una indiferencia respecto a su vida y mi
presencia en ese lugar y momento, el cual compartíamos voluntariamente
obligados por razones diferentes y argumentando ser malos estudiantes.
Ahora empezaría a recordar todo
lo que había dicho y hecho durante su presencia, sus reacciones y gestos,
poniendo especial atención en todo lo que aportaba datos a su personalidad tan
esquiva para mí. ¿Por qué me parecía interesante? Aun no lo entiendo, ni
siquiera puedo recordar todos los detalles de su rostro lo cual es una ventaja
porque así no me detendré a pensar en los detalles de sus ojos, la curvatura de
sus cejas o la forma de su nariz y por tanto caer en mis propios estereotipos y
en cuanto me pueden llegar a gustar sus defectos.
Sin embargo es en sus malditas
palabras donde quedo atrapada, donde siento un extraño placer al identificarme
con sus miserias bajo el nombre de alguien más, donde las palabras que suelen transformarse
para tomar cualquier forma; un rostro, un paisaje, una muerte, un sueño, una traición,
un miedo, entre muchas otras cosas, tornan la silueta de un joven vacilante al
hablar pero con fluidez para escribir y peor aún de una loca que lee, recuerda
y no logra armonizar ni siquiera su propia cabeza con la sensación que la
embarga porque es incapaz de llamarla interés.
De la misma manera que los pájaros
silvestres revolotean sobre las sobras de alpiste que deje caer esta misma mañana
antes de irme, así los pensamientos guiados por la curiosidad en torno a ese
joven rondan a mi alrededor entre el sexto y octavo escalón de aquella casa con
un solo habitante.