jueves, 11 de mayo de 2017

                                         Falsedades


El tiempo pasa, pasa tan lento que a veces me pregunto  cómo es que sigue habiendo cosas de las que no me doy cuenta y como la gente puede despertar cada día con la certeza de que no morirá antes de finalizar la jornada. Morir. Una palabra bastante fuerte pero con diferentes significados dependiendo del contexto; una chica que habla de morir cuando llega tarde al trabajo no es más que una broma sin sentido mientras que un joven que se encuentra en lo alto de un puente solitario sosteniéndose al frio barandal con una sola mano y a la realidad con un pensamiento de temor a lo desconocido, es un poco más certero su destino, pero eso nadie lo sabe, ni siquiera él. Ojala esa duda hubiera permanecido en Carlos el tiempo suficiente.

Un rayo amenaza las ventanas con esa luz electrizante en tonos blancos que suele atemorizar a los niños y a los adultos que no sabemos lo que buscamos en la soledad de una habitación sin oficio más que el de escribir plegarias falsas e historias sin fundamento mientras escuchamos el clap de las teclas o el roce de la pluma en el papel, tan hiriente, tan vacío y tan lleno de verdades a medias que terminan por ser fragmentos de una próxima mentira.

“Las mentiras son como las rosas marchitas y bañadas en gasolina, tiernas pero inútiles y propensas al desastre” fue lo que él dijo antes de cerrar la puerta y salir hacia el bosque Aokigahara con una larga cuerda colgada al hombro, pero de eso  me enteré hasta que el avión aterrizó  y recibí una llamada de Makoto cuya voz sonaba extraña pero que relataba el mismo informe que nunca escucharía de la policía local y el personal forense porque sin importar la situación en que me encontrara aquí y justo ahora con las lágrimas contenidas, ya no regresaría.


Egoísmo lo llamarán todos pero para mí las cosas y las personas incluyéndome solo existimos por un periodo de tiempo muy corto en este viejo mundo, tan viejo que las muertes solo son gajes del oficio de la providencia o alguna deidad aledaña por lo que son inevitables. Esa y muchas otras falsas razones fueron las que memorice mientras la lluvia cuyo inicio no percibí había poblado la ventana con patéticas gotas borrando la visibilidad de un entorno gris dentro de un mundo podrido, dentro una habitación, dentro de una historia igual de podrida.

viernes, 5 de mayo de 2017

Entre miradas y pasos

Hay personas a las que les importa mucho el que dirán o el como se ven a los ojos de los demás mientras que otras saben disimularlo muy bien, por desgracia no soy de las que saben fingir…

En momentos miro mis pies y sigo contando las hojas que piso, las personas con las que me encuentro y las miradas que cruzo sin ninguna expresión en el rostro, algo así como curiosidad y timidez disfrazada de indiferencia, algo que me sale bien porque lo he practicado toda mi vida desde que descubrí lo incomoda que me sentía cuando “socializaba” con personas y me sometía al escrutinio  del otro mientras yo hacía lo mismo. Los gestos, las expresiones corporales y algunas palabras atrapadas en las oraciones comunes son un gran punto de partida para la primera impresión y a mí no me gustaba ser descubierta o engañar con la apariencia.

Así que seguía caminando e inventando la vida de los que me encontraba de frente; un hombre que venía escapando de su trabajo para encontrarse con una mujer cuyo título de esposa nunca tendría pero que conocía el arte de la infidelidad, o tal vez unos ojos cansados pero dotados de la clarividencia de una mujer que vio morir a sus 3 hijos en sueños antes del inminente aborto, la desastrosa  accidente y aquel asalto con arma de fuego que se llevó un auto y un espíritu de acompañante. Y como no mencionar al chico de 21 años que venía de firmar un contrato con una compañía discográfica para debutar con su banda de indie rock formada apenas tres años atrás a escondidas de sus padres, los cuales a regañadientes le habían regalado la guitarra que llevaba colgada a la espalda pero que esperaban que su único hijo se convirtiera en abogado y dejara las tonterías de música para el entretenimiento de las fiestas familiares.


Mezclando los pasados y futuros ajenos me olvidaba felizmente de mí y de mi nombre  hasta que un charco cuyo reflejo no pude esquivar me devolvió entre las ramas de un árbol un cielo gris amenazando con descargar su furia sobre los seres distraídos que con o sin dirección  solían mirar sus pasos mientras acomodaban la siguiente pieza de su rompecabezas personal, mientras hacían crujir las hojas que habían sido disecadas por el viento.